¿Qué tan firme es tu fe?

Así, todos somos llamados a creer en Jesús, porque Él es quien dijo que era, porque Dios mismo dio testimonio acerca de Él, hombres también lo hicieron y por su poder la vida de muchos ha sido rescatada de la muerte y del pecado.

¿Te humillarías por amor?

¿Qué tal si consideramos nuestro orgullo como algo a lo que no debemos aferrarnos y en cambio nos despojamos a nosotros mismos, tomando forma de siervos y cumpliendo toda justicia por amor a nuestro Padre y Señor?

Conocimiento que nos transforma

Sin duda Juan el Bautista era un hombre muy particular, por ejemplo, su vestuario y dieta nos hablan de su carácter, de su estilo de vida, y nos dejan ver que era un hombre comprometido con la causa de Dios y que su fe estaba profundamente arraigada. Él optó por una vida sencilla, disciplinada y apartada de los lujos.

¿Existirá el espíritu de la ira?

Se ha vuelto muy común escuchar a pastores de algunas iglesias hablar de que expulsan espíritus de ira, amargura, tristeza, pornografía y otros más; pero ¿será esto una práctica bíblica? ¿Será que los responsables de nuestros actos son los espíritus malvados? O ¿Será que nos hemos dejado llevar por falsas enseñanzas que, como tantas, buscan suavizar la carga de pecado de la que todos nosotros somos responsables?

¡Enójate, pero…!

Una de las formas en las que pecamos al airarnos, es cuando dejamos que se ponga el sol sobre nuestro enojo y lo dejamos sin resolver, produciendo amargura y rencor en nuestro corazón; por eso necesitamos tomar seriamente esta exhortación, y no permitir que los días, semanas y meses pasen sin resolverlo.

La ira no está en nuestro “ADN”

Desde ese momento el Espíritu de Dios entró a morar en nosotros y pudimos empezar a vivir como a Él le agrada, gracias a que fuimos librados de la esclavitud del pecado. Por eso cuando pecamos, no es porque el pecado tenga dominio total de nosotros, sino porque decidimos rendirle el control de nuestro cuerpo.

¿Te resulta difícil cambiar?

Cuando hablamos sobre emociones problemáticas en nuestra vida como la ira, la mentira, la ansiedad y muchas más; es normal que pensemos en tips, pasos o comportamientos específicos que debemos hacer para sentirnos mejor.

¿Por qué la ira me hace pecar?

La ira además es una emoción muy fuerte que tiene la capacidad de llevarnos a la acción, de hacer que respondamos activa y apasionadamente frente a la injusticia.

Verdades sobre la ira de Dios

En la caída, allá en el jardín del Edén, Dios enfrentó esta realidad, y lejos de enfocar su ira en Adan y Eva, la enfocó en solucionar el problema del pecado, que fue lo que la causó; lo hizo sacrificando un animal y cubriendo con su piel la desnudez de ellos. La sangre de ese animal sirvió para expiar su pecado, ósea cubrirlo temporalmente mientras el cordero perfecto, que era Cristo, daba su sangre como pago absoluto por el pecado (Gén. 3).

¡Esta es nuestra identidad!

Los que hemos creído en la promesa a través de Cristo somos hijos amados, escogidos, salvados por Dios, gozamos del título de coherederos suyos, y tenemos la esperanza de recibir una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible y reservada en los cielos para nosotros (1. P. 1.4).

¿Te conduce la sabiduría humana a Dios?

No dejemos que el mundo afecte nuestra fe en Dios, en su palabra y en su plan. En cambio, mantengámonos firmes creyendo que su poder es el único que puede transformar el corazón humano, y convirtámonos en hombres libres de la corrupción, que viven con un sentido eterno y santo.

Convirtámonos en cristianos “negociantes”

Todos los creyentes tenemos más que dinero para dedicar a la gloria de nuestro Dios. Si consideramos que toda buena dádiva viene de lo alto, como lo dice el libro de Santiago (1.17); hallaremos que hemos recibido mucho de nuestro Señor, y por eso somos llamados a administrarlo de la mejor forma posible.

Esperando por nuestro reino

Jesús narró esta parábola cuando se acercaba el final de su ministerio en la tierra y se dirigía rumbo a Jerusalén, previo a su última pascua, su muerte y resurrección. Ya habían pasado tres años de su ministerio y muchos daban testimonio de su poder, autoridad y enseñanzas.

¡Vivamos con lo necesario para ser “ricos”!

Lo importante es que nuestro corazón esté siendo cautivado por Dios y no por las riquezas, ya que sí enfocamos nuestra vida en acumularlas, hallaremos en ello un profundo mal (Ec. 5.13), porque por nuestra naturaleza pecaminosa nos vemos tentados a confiar en nuestros ahorros y nuestras propiedades antes que en Dios, y fácilmente hacemos de ellos un ídolo.