¿Te humillarías por amor?

¿Qué tal si consideramos nuestro orgullo como algo a lo que no debemos aferrarnos y en cambio nos despojamos a nosotros mismos, tomando forma de siervos y cumpliendo toda justicia por amor a nuestro Padre y Señor?

Por tu bien erradica la maldad de ti

La necesidad de santificación es enseñada en toda la Palabra de Dios, y Ésta nos llama a que, si es necesario, echemos fuera de nosotros (figurativamente) aún nuestros ojos o manos, si el pecado nos está afectado (Mt. 5:29-30).

¿Consagrarlo a Dios para ser destruido?

Dios es santo y justo, sus caminos rectos, y sus propósitos eternos; seguirle a Él demanda entender que el Señor sabe lo que hace, y nosotros debemos honrarle con nuestra obediencia plena, no a medias.

Una fe que salva

Lo único que nos pueda otorgar perdón es la gracia y la misericordia de Dios por medio de la fe. La fe nos justifica (Ro. 5:1), nos otorga el perdón (Hch. 26:18), nos da vida eterna librándonos de la condenación (Jn. 3:16-18, 36), y nos permite entrar en la familia de Dios (Jn. 1:12).

Una fe colectiva

Solamente una fe colectiva los llevó a desarrollar una obediencia colectiva. Muchas veces en las iglesias o en cierto grupo de personas que están sirviendo a Dios no se observa esa fe en conjunto, una fe que pudiera hacer mucho en favor del servicio al Señor. Tal vez seamos nosotros mismos quienes no favorecemos a esa fe contagiosa entre los demás.

Somete tu voluntad al “Príncipe”

Aunque la batalla parezca perdida o el método poco tradicional, lo que el Señor nos diga nos guiará a la victoria, pues Suya es la batalla y Suyos la sabiduría y el poder. ¡Sometamos nuestra voluntad al “Príncipe”!

Cuarenta años de cuidado

Dios no solo los sostuvo con la ropa (Dt. 29:5), ni solo les ayudó en las batallas, no tan solo fue su guía de día y de noche, sino que Él les mantuvo con agua y alimento por todo el tiempo que estuvieron deambulando por el desierto; los israelitas vieron la mano de Dios por cuarenta años sin cesar, ¡qué gran cuidado!

Reencontrémonos con nuestra identidad

El que yo lleve una cruz en una cadena no me hace realmente un cristiano de comportamiento, solo hace ver a las personas que creo o conozco de la obra de Jesús en la cruz, por dar un ejemplo. Pero cuando yo miro a esa misma cruz en mi cuello, y entiendo lo que realmente esto significa para mi vida eterna, entonces eso sí afecta mi conducta ante Dios y los demás.

Hasta el más osado enmudece

Si Dios le está llamando a seguirle en algo que solo Él se especializa en hacer, entonces de seguro que muchos miraran pasmados lo que Él hará, pero debemos creerle para obedecerle. Permita que todos a su alrededor glorifiquen en Nombre de Dios.

Levanta un “hito” espiritual

En nuestra vida espiritual todos vamos a encontrarnos con momentos significativos en nuestro caminar con Dios: El día que aceptamos a Cristo como nuestro Salvador, el día de nuestra consagración, algún milagro hecho en nuestro favor o de alguien más, alguna batalla espiritual ganada, alguna promesa de Dios cumplida en nuestras vidas, etc.

Fe y obediencia para el engrandecimiento

La fe y la obediencia van plenamente ligados en nuestro caminar con Dios, y no se las puede separar. Josué sabía que el cumplimiento de la promesa de Dios en favor de él como líder y en favor de Su pueblo estaba ligado a esta alianza: fe y obediencia.

Conocimiento que nos transforma

Sin duda Juan el Bautista era un hombre muy particular, por ejemplo, su vestuario y dieta nos hablan de su carácter, de su estilo de vida, y nos dejan ver que era un hombre comprometido con la causa de Dios y que su fe estaba profundamente arraigada. Él optó por una vida sencilla, disciplinada y apartada de los lujos.

Vamos a seguirlo en santidad

Si realmente queremos seguirlo, debemos hacerlo honrando Su santidad y Su Nombre. Es el momento de consagrarnos a Él, de postrarnos en reverencia ante Su presencia, y comprometernos a seguirle en santidad, para que así también podamos ver sus “maravillas entre (nosotros)”.

Él tiene que ir delante

Como Josué mismo dijo, el pueblo nunca había caminado por esa tierra antes (v. 4), y la presencia de Dios iría delante de ellos para guiarles, pero al mismo tiempo, para recordarles que Él iría obrando en la medida en la que ellos caminarían en pos de Él. La primera prueba de ello sería días más adelante cuando los sacerdotes pondrían sus pies en el río y las aguas se abrirían (v. 13-17).