¿Te humillarías por amor?

¿Qué tal si consideramos nuestro orgullo como algo a lo que no debemos aferrarnos y en cambio nos despojamos a nosotros mismos, tomando forma de siervos y cumpliendo toda justicia por amor a nuestro Padre y Señor?

Nuestra capacidad viene de Dios

Al mirar la obra de Dios, todos nosotros debemos recordar que de nosotros mismos no hay nada realmente útil que Él necesite para hacer Su obra. Lo cierto es que la obra no es hecha por el hombre, la obra es del Dios Todopoderoso, quien en Su providencia y buena voluntad decide utilizar a hombres para la tarea, pero que no requiere de ellos para hacerlo. Es en Su gracia que somos considerados para participar con Él.

La dicha del testimonio ajeno

Así como el padre, quien con esfuerzo educa y ayuda a un hijo a ser hombre de bien, y cuando este ha crecido manifiesta una vida provechosa y de buen comportamiento, y en esa vida se gloría; o del hijo que ve a su padre ser reconocido por alguna labor de su progenitor; así el creyente puede regocijarse en el buen testimonio de la persona que haya sido su discípulo o su discipulador.

¡No hay un saludo más lindo!

La próxima vez que vea a un hermano en Cristo, dese el tiempo a expresar lo bendecido que se siente en conocerlo, el gozo que tiene en saber que tenemos una misma fe y que somos de una misma familia. Exprésele palabras de bendición y buen deseo, y si es posible, pueden darse un “ósculo santo” (v. 21).

Dignos de reconocimiento

En cada congregación nos encontramos con creyentes fieles a la obra, aquellos que, sin ser pastores o ministros reconocidos en la iglesia, dan de sus vidas en el servicio a los demás. Su esfuerzo y dedicación es entregado en relación al Señor y a la iglesia. Ellos deben ser igualmente reconocidos, apreciados y respetados.

Velando por Sus siervos

Cada creyente debemos estar agradecidos por aquellos pastores y misioneros que han servido al Señor, y por medio de quienes Dios nos ha bendecido con sus vidas, cuidados y enseñanzas. A la verdad, todos nosotros somos el resultado de amor y esfuerzo de algún siervo de Dios que ha dado de su tiempo y amor para que nosotros podamos conocer a Dios y a Su Palabra, y crecer en Él.

¿Qué hacer cuando mi esposo/a es no creyente?

El deber del creyente es amar a su pareja, honrarla, orar por ella, y modelar una vida santa (1 P. 3:1-7). Podemos, a pesar de las diferencias espirituales, tener un hogar bueno con la ayuda de Dios, y ahí el creyente debe buscar ser agente transformador. Pero si el no creyente decide por su parte separarse, entonces la posibilidad de esa separación es posible, “pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios”. (1 Co. 7:15)

Considere la opción de vivir soltero

Si usted puede mantenerse soltero, considerando la opción de servir a Dios, es una gran decisión que puede hacer; pero si la necesidad de formar un hogar es algo importante en su vida, está muy bien casarse. En ambas condiciones todo creyente debe honrar a Dios y servirle en medio de las posibilidades propias de cada uno. Tengamos presente que “el tiempo es corto” y “apremia”, y esta vida es pasajera; el tiempo dado al Señor tiene provecho eterno (1 Co. 7:26, 29).

Se requiere servicio íntegro

Dios llama a todos los creyentes a servir, y este privilegio no debe ser ignorado, antes recibido con humildad y gratitud. El Señor desea obrar por medio de nosotros para continuar con Su obra en la tierra antes de que Cristo venga, y este privilegio debe ser tomado como un honor.

La manifestación del Espíritu

Cada creyente ha recibido la presencia del Espíritu Santo para ser utilizado por Dios por medio de los dones dentro de la iglesia. Es la obra del Espíritu en medio del grupo de creyentes lo que edifica a la iglesia, y todos somos miembros de ella, por lo tanto, debemos participar en ella.

Construyendo en buena base

La Iglesia y la vida de cada creyente se basa en la verdad de Quién es Cristo, tanto como Dios, como por Su obra de Redención. Es en este “fundamento” donde descansa perfectamente nuestra fe. Pablo nos recuerda que la fe de cada creyente está firme “en Cristo”, pero que cada uno de nosotros debemos velar en la manera como sobreedificamos.

Colaborando con Dios

En nuestro crecimiento espiritual es igual, los créditos finales son de Dios, pero al pie de esa obra aparecen los nombres de todos los colaboradores que hicieron su aporte para lograr el trabajo final. Pablo y Apolo fueron esos colaboradores en la obra en la vida de la iglesia en Corinto.

Necesitamos un líder así

Aprendamos de Nehemías, alguien que no quiso quedarse donde estaba, ni permitió que el pueblo de Dios viva en la miseria espiritual. Tomemos de su ejemplo, y de estos principios aprendidos en su libro; y moldeemos en nuestras vidas el carácter de un líder espiritual que trajo gloria a Dios en su misma vida y en la de aquellos a quienes él sirvió apasionado.

Todos adoramos algo

Decidamos adorar a Dios, confiar en él, y vivir conforme a su palabra. Él merece nuestra adoración. Además, cuando lo hacemos, nosotros somos los primeros beneficiados porque podremos conocerlo mejor y tener más de su gracia.

Santificando un día para el Señor

Para el creyente, el guardar un día para el Señor es igualmente importante. Ese día debe reunirse en la iglesia para adorar junto al pueblo de Dios, servir en el Cuerpo de Cristo, y compartir entre creyentes y familiares. Ese día debería ser enfocado para regocijarse en Dios por todo lo que Él ha hecho.