¿Está esperando su bendición hoy?

La vida junto al Señor está llena de bendiciones, el amor de nuestro Padre Dios es infinito y su fidelidad es incomparable (Sal. 36:5). Cuando una persona decide vivir para Dios en obediencia y entrega su voluntad a la de Él, entonces aprende a conocer que las bendiciones del Señor caen como lluvia constante sobre su vida.

Tres condiciones para que no nos falte “pan”

En el pasaje de hoy aprendemos tres principios que pueden ayudarnos a enfrentar las necesidades de una mejor forma. Sabiendo que, en todas ellas, la provisión de Dios está presente, debemos considerar que esa provisión tiene que ver con condiciones que nosotros como creyentes debemos seguir o buscar para que se den.

Convirtámonos en cristianos “negociantes”

Todos los creyentes tenemos más que dinero para dedicar a la gloria de nuestro Dios. Si consideramos que toda buena dádiva viene de lo alto, como lo dice el libro de Santiago (1.17); hallaremos que hemos recibido mucho de nuestro Señor, y por eso somos llamados a administrarlo de la mejor forma posible.

Esperando por nuestro reino

Jesús narró esta parábola cuando se acercaba el final de su ministerio en la tierra y se dirigía rumbo a Jerusalén, previo a su última pascua, su muerte y resurrección. Ya habían pasado tres años de su ministerio y muchos daban testimonio de su poder, autoridad y enseñanzas.

¡Vivamos con lo necesario para ser “ricos”!

Lo importante es que nuestro corazón esté siendo cautivado por Dios y no por las riquezas, ya que sí enfocamos nuestra vida en acumularlas, hallaremos en ello un profundo mal (Ec. 5.13), porque por nuestra naturaleza pecaminosa nos vemos tentados a confiar en nuestros ahorros y nuestras propiedades antes que en Dios, y fácilmente hacemos de ellos un ídolo.

¿Cómo vivir bien en este siglo?

Siendo receptores de la gracia y amor de Dios (porque sí somos hijos de Dios hemos recibido el tesoro más valioso que existe), estamos llamados a vivir como Jesús: con propósito, trascendencia, para la gloria de Dios, apartados de la maldad y de los malos deseos del mundo.

Cuatro consejos para la inversión de nuestro dinero

Un millonario llamado Zaqueo aprendió esta lección y luego de dedicar su vida a Jesús no volvió a ser el mismo, su historia y las decisiones que tomó aquella noche en la que conoció al Señor se nos narran en Lucas 19:8.

Consejo de un millonario para hacer buenas inversiones

Zaqueo pertenecía al grupo de los publicanos, judíos que cobraban los impuestos para el Imperio Romano. Ellos gozaban de la libertad de pagarse a sí mismos de lo que recaudaban y se beneficiaban de que no había leyes en contra del cobro abusivo que hacían. Por obvias razones la sociedad los rechazaba porque les consideraban traidores y materialistas que habían vendido sus principios por dinero.

¿Y qué de nosotros?

Como creyentes, debemos recordar que nuestra vida cambia en sentido espiritual, y esto hace reenfocar nuestras metas, considerando lo eterno y no lo temporal. Muchas veces, ese enfoque demandará sacrificios, por lo que debemos mantenerlos presentes. Mirando hacia lo eterno, comprendemos que el costo tiene valor en función del reino.

¿En qué confiamos para ser salvos? (Parte II)

Dios es Quien puede salvar al hombre de la condenación. La Ley de Dios nos manifiesta que el hombre nunca podrá ser salvo por buenas obras, ni por condición social o moral, pues todos somos pecadores, y por ello estamos malditos destinados a la condenación (Gá. 3:10-13). Pero la Biblia si nos enseña que es la fe en la obra salvadora de Cristo en donde hallamos la posibilidad que Dios brinda al pecador: “Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá.” (Ga. 3:11)

¿En qué confiamos para ser salvos? (Parte I)

Hoy día hay muchos que confían en su propia capacidad para llegar al cielo: confían en sus buenas obras, confían en su propia capacidad moral, otros en su religión y actos religiosos. Lo único que puede salvar al hombre es reconocer que no puede hacer nada por sí mismo, y que lo que necesita es mirar a Cristo, pues Él vino a salvar lo que se había perdido.