El mal que hay en mí

Cuando reconozcamos cuanto mal mora en nosotros mismos podremos ser capaces de cuidar nuestro comportamiento, y buscar la ayuda de Dios para evitar dejar ser controlados por la carne, que no solo afecta nuestra vida, sino también nuestra relación con Dios y los hombres.

El débil poder moral de la conciencia

Para que nosotros cambiemos, necesitamos de Dios para hacerlo. Somos tan perversos que podemos cauterizar nuestra conciencia al punto de llegar a ser insensibles (1 Ti. 4:2). Pidamos a Dios que no nos deje alejarnos tanto en pos del pecado, que ya ni siquiera escuchemos al Espíritu Santo, quien puede ser apagado también por nuestra maldad (1 Ts. 5:19)

Relatos de “emancipación”

El mandato de la gran comisión (Mt. 28:18-20) es ir por todo el mundo a contar sobre nuestro relato de emancipación en Cristo, para que otros puedan también ser liberados. Esto es lo que cumplió también en gadareno (Mr. 5:20), otro gran ejemplo a seguir.

Síntomas de un endurecido corazón

La distinta reacción del hombre ante la obra de Dios manifiesta su estado espiritual. Las personas que miraron todo lo acontecido, y que conocían al endemoniado, que era una persona literalmente incontrolable (Mr. 5:2-5), en vez de reaccionar con aprecio y fe ante su transformación (Mr. 5:15), tuvieron pánico y rechazaron al Señor y Su obra.

El tormento de los demonios

El destino final de satanás y los demonios es el infierno (Mt. 25:41), y ahí pagarán con tormento eterno su pecado. Ellos no gobernarán ese lugar, al contrario, ellos no tendrán control sobre nada, pero si pagaran el castigo su pecado.

Blasfemia, el imperdonable pecado

El juicio eterno (v. 29) es el enfrentamiento del hombre ante el Justo Juez, Quién traerá a todo hombre a ser evaluado por sus pecados, y solo serán librados de la condenación aquellos que aceptaron el testimonio del Espíritu Santo acerca de Cristo, haciendo que sus nombres sean inscritos en el libro de la vida del Cordero (Ap. 20:11-15).

Sólo le siguen los “pecadores”

El hombre que no reconoce su verdadera condición nunca verá su necesidad de salvación. Todos estamos “enfermos” espiritualmente hablando, porque todos somos pecadores (Ro. 3.23).