¡Esta es nuestra identidad!

Los que hemos creído en la promesa a través de Cristo somos hijos amados, escogidos, salvados por Dios, gozamos del título de coherederos suyos, y tenemos la esperanza de recibir una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible y reservada en los cielos para nosotros (1. P. 1.4).

¿Te conduce la sabiduría humana a Dios?

No dejemos que el mundo afecte nuestra fe en Dios, en su palabra y en su plan. En cambio, mantengámonos firmes creyendo que su poder es el único que puede transformar el corazón humano, y convirtámonos en hombres libres de la corrupción, que viven con un sentido eterno y santo.

Convirtámonos en cristianos “negociantes”

Todos los creyentes tenemos más que dinero para dedicar a la gloria de nuestro Dios. Si consideramos que toda buena dádiva viene de lo alto, como lo dice el libro de Santiago (1.17); hallaremos que hemos recibido mucho de nuestro Señor, y por eso somos llamados a administrarlo de la mejor forma posible.

Esperando por nuestro reino

Jesús narró esta parábola cuando se acercaba el final de su ministerio en la tierra y se dirigía rumbo a Jerusalén, previo a su última pascua, su muerte y resurrección. Ya habían pasado tres años de su ministerio y muchos daban testimonio de su poder, autoridad y enseñanzas.

¡Vivamos con lo necesario para ser “ricos”!

Lo importante es que nuestro corazón esté siendo cautivado por Dios y no por las riquezas, ya que sí enfocamos nuestra vida en acumularlas, hallaremos en ello un profundo mal (Ec. 5.13), porque por nuestra naturaleza pecaminosa nos vemos tentados a confiar en nuestros ahorros y nuestras propiedades antes que en Dios, y fácilmente hacemos de ellos un ídolo.

¿Cómo vivir bien en este siglo?

Siendo receptores de la gracia y amor de Dios (porque sí somos hijos de Dios hemos recibido el tesoro más valioso que existe), estamos llamados a vivir como Jesús: con propósito, trascendencia, para la gloria de Dios, apartados de la maldad y de los malos deseos del mundo.

La “locura” a la que somos llamados

¿Por qué la predicación de la palabra de Dios parece cada vez menos aceptada y más rechazada por el mundo en el que vivimos?

¿Será que como cristianos estamos en lo correcto al permanecer fieles a ella aunque eso implique que tengamos que ir en contra de las corrientes filosóficas y métodos humanísticos que parecen tener más credibilidad y aceptación por el mundo hoy?