Abrumados por Su determinación

En uno de los pasajes de Lucas, leemos que el Señor Jesucristo “afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lc: 9-51), dándonos más detalles de la evidente convicción que tenía de ir a Jerusalén para cumplir con la tarea que Su Padre le había encomendado.

¿Y qué de nosotros?

Como creyentes, debemos recordar que nuestra vida cambia en sentido espiritual, y esto hace reenfocar nuestras metas, considerando lo eterno y no lo temporal. Muchas veces, ese enfoque demandará sacrificios, por lo que debemos mantenerlos presentes. Mirando hacia lo eterno, comprendemos que el costo tiene valor en función del reino.

¿En qué confiamos para ser salvos? (Parte II)

Dios es Quien puede salvar al hombre de la condenación. La Ley de Dios nos manifiesta que el hombre nunca podrá ser salvo por buenas obras, ni por condición social o moral, pues todos somos pecadores, y por ello estamos malditos destinados a la condenación (Gá. 3:10-13). Pero la Biblia si nos enseña que es la fe en la obra salvadora de Cristo en donde hallamos la posibilidad que Dios brinda al pecador: “Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá.” (Ga. 3:11)

¿En qué confiamos para ser salvos? (Parte I)

Hoy día hay muchos que confían en su propia capacidad para llegar al cielo: confían en sus buenas obras, confían en su propia capacidad moral, otros en su religión y actos religiosos. Lo único que puede salvar al hombre es reconocer que no puede hacer nada por sí mismo, y que lo que necesita es mirar a Cristo, pues Él vino a salvar lo que se había perdido.

Siendo parte activa del reino

Todos los creyentes somos llamados a participar de esta obra, siendo instrumentos de Dios. Por tanto, todos tenemos el privilegio de ser parte de lo que Dios ha venido haciendo al incluirnos, pero también de lo que seguirá haciendo al invitarnos a participar de Su obra.

Blasfemia, el imperdonable pecado

El juicio eterno (v. 29) es el enfrentamiento del hombre ante el Justo Juez, Quién traerá a todo hombre a ser evaluado por sus pecados, y solo serán librados de la condenación aquellos que aceptaron el testimonio del Espíritu Santo acerca de Cristo, haciendo que sus nombres sean inscritos en el libro de la vida del Cordero (Ap. 20:11-15).

La hermosura de la “locura”

La familia de Jesús, y los escribas que vinieron a ver a Jesucristo no llegaban a ver la manifestación poderosa de Dios en el ministerio del Señor porque estaban muertos espiritualmente, y, por tanto, ciegos a la realidad del Verbo de Dios.

Motivados por la comprensión

El poder comprender todo lo que representa el ser llamados, el ser establecidos, y el ser impartidos con Su autoridad solamente nos lleva a una acción: “Responder favorablemente con motivación”.

El mal del endurecimiento de corazón

La dureza del corazón es la acción o el estado de resistir y rechazar la Palabra de Dios y Su voluntad. Este rechazo puede incluir al mensaje como el mensajero lo que entrega.

El destructivo legalismo

«El sábado es una institución sagrada y divina, pero ha de observarse como un beneficio y un privilegio, no como una carga insoportable. Dios nunca se propuso que fuera una imposición y tampoco nosotros debemos tomarlo así ni imponerlo a otros. El ser humano fue hecho para Dios, para Su honor y servicio, no para el sábado. Por eso, quiso que el sábado fuera para el hombre, para su beneficio y descanso» (H. Matthew)

Requerimos comenzar de nuevo

W. MacDonald dice así: «Jesús estaba comparando la Antigua Dispensación con el vestido viejo. Dios nunca tuvo la intención de que el cristianismo fuese un remiendo del judaísmo: era un nuevo punto de partida. El dolor de la Vieja Era, expresado en el ayuno, había de dejar el paso al gozo de la Nueva»

Sólo le siguen los “pecadores”

El hombre que no reconoce su verdadera condición nunca verá su necesidad de salvación. Todos estamos “enfermos” espiritualmente hablando, porque todos somos pecadores (Ro. 3.23).