El Siervo obediente que se humilló

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Filipenses 2:5-11

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.”

Para que la salvación se pueda lograr, dentro de la justicia perfecta de Dios se requería de un pago igual para que la deuda sea saldada apropiadamente, es decir, para que el hombre sea librado de su castigo otro Hombre tenía que morir en su lugar. Los sacrificios representados en el A.T. como corderos y otros animales no igualaban la deuda, es por ello que esos sacrificios nunca serían satisfactorios, solamente eran un acto simbólico, en la espera del pago perfecto por medio del Cordero de Dios (Jn. 1:29; He. 10:8-10).

Cristo Jesús, siendo Dios, no se limitó a su deidad ni se aferró a ella (v. 6), sino que decidió hacerse “siervo”, uno que sometía su voluntad para hacer la voluntad de otro para obedecer (v. 7). Jesús venía a la tierra al hacerse Hombre para someterse a la voluntad del Padre y así llegar a la muerte sacrificial en la “cruz” (v. 8).

Jesucristo no solo que “se humilló a sí mismo” al hacerse Hombre, sino que esa humillación requería aceptar tomar en Sí nuestra cumpla de nuestro pecado y ser maltratado por ello y morir horriblemente en el castigo más humillante de todos, la “muerte de cruz”.

Como Hombre era limitado, puesto que se había despojado (poner a un costado) de Su deidad al venir a habitar entre nosotros. Él como Hombre no tenía todo el poder que Su deidad le otorgaba, por eso, la noche antes de Su muerte, en la debilidad de la aflicción que ya embargaba por completo su alma y cuerpo, le pide al Padre que le ayude a enfrentar lo que tenía que sufrir (Mt. 26:38-42; Lc. 22:40-44). El Siervo obediente se estaba humillando para pagar con Su vida mi condenación.

Su voluntad de salvarnos lo comprometió a dar Su vida para brindarnos lo que nunca hubiéramos alcanzado, el perdón de nuestros pecados y la liberación de la condenación.

Por Su entrega, el Siervo obediente fue exaltado, y Su Nombre “es sobre todo nombre” (v. 9). Un día todos lo reconocerán como Dios y Señor(v. 10-11), los creyentes y los no creyentes, aunque para estos últimos, ese reconocimiento será ya tarde, lo harán cuando escuchen su castigo en el juicio final, cuando enfrenten Su ira por su rebeldía (Ap. 20:11-15).

La única manera de poder ser perdonados y salvados es poniendo nuestra esperanza en la obra del Siervo de Dios. El Hijo de Dios se hizo Hombre para salvar al hombre, y todo aquel que confiese que Jesús es el “Señor, será salvo” (Ro. 10:9-13).

Publicado por Ministerio UMCD - Lengua de Señas

Reflexiones Cristianas. Salmos 1:2 "Sino que en la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche."

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